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El ignorante y el demente
Joaquim Candeias


El Ignorante y el demente es, desde el escándalo que causó en su estreno en el Festival de Salzburgo en 1972, una obra clásica del repertorio bernhardiano y, sin embargo, una gran desconocida en España.
Dos espacios únicos, un camerino y un apartado en un restaurante, se convierten en el escenario perfecto para recrear dos de las principales obsesiones de Bernhard: la enfermedad y el arte.
La Reina, aclamada soprano de coloratura que se ha especializado en cantar únicamente el papel de Reina de la Noche en “la Flauta Mágica" de Mozart, no soporta ya ni su arte ni al público, y mantiene con su padre, alcohólico y casi ciego, una tensa relación de dependencia. Entre ambos se interpone el Doctor, un médico forense, angustiado por la muerte e incapaz de terminar de escribir el libro científico que le ocupa desde hace veinte años. Como si de una partitura musical se tratase, se unen las voces de este trío en “virtuosas coloraturas” de una existencia agónica. El amante del escalpelo canta las patologías y la disección del cuerpo humano, la diva convierte su arte en un mecanismo vacío y perfecto, mientras que el maestro del lamento interpreta su partitura ahogando sus penas en alcohol. La vida se ha convertido para ellos en una función de teatro grotesca, y solamente les queda esperar su temido y deseado final, el instante en el que las luces se apagan y cae el telón. Por fin, la extinción, el oscuro total, la implacable muerte.
Thomas Bernhard reduce con gran maestría y precisión la acción de esta obra, reflejo de un mundo desolado y sin sentido. ¿Es una comedia, es una tragedia? Lo que sí es seguro, es que es Bernhard en estado puro, o como dice el Doctor: “Para el mundo exterior es una comedia lo que en realidad es una tragedia.” ¡Bon appétit!

 

 

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Sobre el autor

Thomas Bernhard (1931-1989) Poeta, novelista y dramaturgo austriaco. Hijo de padres austriacos, nació en Heerleen (Países Bajos) el 9 de febrero de 1931 pero residió la mayor parte de su vida en Austria y Alemania. Tras vivir los últimos años de la II Guerra Mundial en Salzburgo y posteriormente varios años recluido en un sanatorio a causa de su mala salud; estudió Música y Arte Dramático en la Academie Mozarteum de Salzburgo. A partir de entonces se estableció en la Alta Austria para dedicarse de lleno a la literatura. En sus poemas y novelas, Bernhard ha explorado el tema del absurdo en la vida y los sentimientos humanos, así como las presiones que llevan a las personas al borde de la locura. De su obra cabe destacar Helada, Trastorno, La Calera, Corrección probablemente las más celebrada y El malogrado, centrada en el fracaso de un estudiante de piano en contacto con un genio. Ha escrito también una autobiografía, considerada por algunos como su obra más intensa e importante, constituida por cinco tomos: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño. Sus obras de teatro más conocidas son El ignorante y el demente, La partida de caza, La fuerza de la costumbre, El reformador del mundo, Ante la jubilación, Una fiesta para Boris, Minetti. Este tipo de teatro, con sus irónicos monólogos, se conoce con el nombre de Theater der neuen Subjektivität (Teatro de la nueva subjetividad), del que Peter Handke es también uno de sus principales exponentes. Murió en su piso de Lerchenfeldgasse 11, en Gmunden, el 12 de febrero de 1.989.




Nota del traductor

Miguel Saenz

España tiene desde hace tiempo una deuda con el teatro de Bernhard. Resulta inexplicable que Bernhard, que para muchos españoles es un escritor de culto y cuya narrativa sigue reeditándose sin cesar, sea casi un desconocido entre nosotros como autor teatral. Y lo más sorprendente es que, no sólo en Alemania o Austria, sino en países tan próximos como Francia o Italia, Bernhard es ya un dramaturgo indispensable, un clásico contemporáneo indiscutido. Se dice siempre que el teatro de Bernhard, para funcionar, necesita unos actores excepcionales, pero no son actores lo que falta aquí. La verdad es que Bernhard no se ha escenificado mal en castellano, sino poco y a destiempo. Y la crítica ha salido del paso con un par de alusiones a Beckett o Genet. Lo curioso es que fueron algunos escritores españoles (Azúa, Marías, Savater) los primeros en darse cuenta de que Bernhard, además de pesimista, moralista y otras cosas, era también un gran humorista, algo que en su primera narrativa no era fácil detectar. El teatro de Bernhard, en cambio, muestra desde el primer momento su vena satírica. El humor de Bernhard es negro, en ocasiones atroz y, como ha dicho Claus Peymann, surge casi de la colisión entre lo profundo y lo trivial. No es la comicidad del bufón de turno, aunque muchos austríacos parezcan creerlo así y se rían en el teatro con cada frase... hasta que la risa se les hiela.

 

 

 

 

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